
Carlos Ricardo
Mi madre y yo lo plantamos
en el límite del patio...
Mi árbol y yo. Alberto Cortez
En una respetuosa parodia de Juan Rulfo, puedo decir que vine a Manizales, porque aquí vivía mi abuelo: un tal Chucho Ortega.
La tarde de diciembre en que arribé a la hidalga ciudad por la vía de El Tablazo, con mis quince años en flor miraba con toda atención a los vehículos que rebasaban el vetusto camión que llevaba nuestro trasteo, esperando identificar a las bellas nínfulas que sabía, poblaban a la ciudad presentida.
Era un cambio abrupto pasar de las caminadas por la séptima de Bogotá, de los desafíos boxísticos en el Observatorio Astronómico a las caminatas por la carrera 23, la visión contundente de la Catedral edificada por Papio y Bonarda en la época republicana y a subir y bajar las calles angostas de la ciudad de 1969.
En mi primer colegio manizaleño la experiencia no fue grata: mi acentuado acento chapineruno movía las burlas de todos mis compañeros de curso y una salida al tablero era razón suficiente para escuchar toda clase de comentarios algunos jocosos y algunos hirientes, en referencia a mi particular pronunciación de algunas palabras, empezando por el socorrido “chirriado”... Y los apellidos de mis compañeros cambiaron de sonoras evocaciones muiscas: Zocotá, Tibaquirá, Nemocón... a formales y castellanos patronímicos: Fernández, Isaza, Mejía, Jaramillo.
Abordé los años 70 en esa inmensa transición de la tierra bogotana a la tierra paisa: grandes cambios.
Mis primeros devaneos con el baile ese aún ignorado por mí, atributo indispensable para los adolescentes de hoy y siempre, se iniciaron en Bogotá y continuaron sin mucho éxito en Manizales, en el acogedor Barrio Chipre, escenario de amistades, conquistas, libros, canciones y rupturas: abrazo con la Teología de la Liberación de Golconda, con Teilhard de Chardin y posterior ruptura ante la avalancha de propuestas para Cambiar al Mundo y construir el Hombre Nuevo. Y aprendimos el poema que Bendetti escribió en la muerte del Che: Consternados Rabiosos.
Y leíamos La Madre de Máximo Gorky y Los Grandes Conflictos Históricos de Indalecio Liévano Aguirre y oíamos Radio Habana en un gangoso radio de onda corta. Y conocimos a Atahualpa Yupanqui por sus canciones y creímos que venía a Colombia cuando en un plegable del naciente Festival de Teatro Universitario de Manizales, vimos su nombre: era Atahualpa del Cippo, Director de Teatro del Uruguay. Y con él conocimos a Directores de impacto: Santiago García, Enrique Buenaventura, Carlos Duplat, Jerzy Grotowski
Como la política ya había puesto sus genes en mis 48 kg de corporalidad, escuchaba Let it be, Yesterday y otras joyas del rock de entonces, a escondidas de mis compañeros, en tanto hablaba con pasión de Serrat, de Quilapayún, de Pablus Gallinazo, de Víctor Jara, de Mercedes Sosa y de tantos otros que acompañan mi actividad política de entonces y de ahora.
Los 70 fueron plenos de movilización política y social: fui activista estudiantil de bachillerato, compañero de las huelgas de la Textilera Única, de la Beneficiencia, de Educal, de Fecode, de las Empresas Públicas de Manizales y de todos los conflictos que requirieran el discurso pronto y la consigna viva.
Y claro, también quedaba tiempo para el amor, para el teatro y para la academia, en ese estricto orden. El amor de la mano de Martha Inés, el teatro en el TIM (Teatro Instituto Manizales), el Arpón y La Brecha y la academia, estudiando medicina en mi amada Universidad de Caldas. Pero con el principal escenario de actividad en el Movimiento Estudiantil.
Y la década me trajo grandes beneficios y compromisos: matrimonio, un hijo negrito que sigue siendo de ese color y mi salida y posterior reintegro de la Universidad, por asuntos que es fácil intuir.
Mi casa se llenaba de libros, de discos de acetato, de casetes y de las obras de arte que el menguado presupuesto familiar permitía adquirir. El minimalismo lo inventamos desde esa época....
Y vino la época del Baile Disco mismo que nunca bailé, los cismas de la Cortina de Hierro, la caída del Muro de Berlín y el reordenamiento económico y político del mundo. Y nacieron mis dos nuevos retoños: Luis Felipe, más conocido como Chispis y Juan David, entre sus allegados Babis. Y Piolín, un Cocker Spaniel acompañó la niñez de los hijos Escobar Soto.
Y una nueva adquisición: el flamante título de Médico y Cirujano otorgado por la Universidad de Caldas. Y con tres hijos y una esposa manizaleña por demás, a cumplir mi año rural. Una época plena, rodeado de una agricultura que conocía: pastos, pinos, papales y páramo en el lejano y agrícola Marulanda. Hice cuanto pueda hacer un Médico rural: fui padrino de matrimonio y de bautizo someras veces sucesivas, lector del Evangelio en las misas de difuntos ilustres y de confirmación, actor en la dramatización de Semana Santa, atleta exhausto en la maratón de las Fiestas de la Virgen y además, buen partero, aceptable remendón de cueros cabelludos y otras partes, acertado en eso del diagnóstico y del pronóstico y además, viajero de cada 8 días para retomar mis responsabilidades de esposo y padre. Y quedó tiempo para que uno que otro discurso ejemplarizante a los habitantes, en las sesiones solemnes de las escuelas y del Colegio Efrén Cardona Chica.
Y el regreso, una nueva expectativa: la posibilidad de ser parte del equipo docente de mi Facultad, la misma que me había retirado como estudiante, pero que ahora me abría sus puertas. Y sí, allí llegué el 3 de marzo de 1996. Algunos de mis antiguos profesores me miraban con recelo y hasta evitaban cruzarse en mi camino. Entre ellos el temido Carlos Náder, con quien más tarde estrecharía vínculos y pareceres.
Mi incursión en la Universidad se inició por donde podría esperarse de alguien con mi formación humanista: la Salud Pública. Eran épocas de rectificación de rumbos en la Salud del país, previas a la formulación de la Ley 100 y a la Constitución de 1991. Y claro, había dinero para capacitar a quienes estuvieran en el área de influencia. Abundaron las ofertas de Cursos, de viajes y de eventos nacionales, a los cuales fui llevado por la Fundación Kellogs a través de Ascofame. Vino el viaje a Kentucky suficientemente referenciado para los de mi entorno, además de los múltiples viajes por todo el país. El Turismo Científico me permitió vislumbrar la situación de sitios tan disímiles como el flamante Club El Nogal de Bogotá y Amanavén, un olvidado pueblecito en la rivera del Río Orinoco, en límites con Venezuela.
Me convertí en un experto en eso de la Educación Médica y asistí al parto de algunas de las nuevas facultades de Medicina. Y por mi simpatía política de izquierda, , los recién amnistiados excombatientes del M19 me postularon para representar al Ministro de Salud Antonio Navarro, en la Junta de Beneficencia. En ella, con Enrique Vélez, Jairo Quintero (exDirectivo del Once Caldas) y Kevin Ángel entre otros, compartí sesiones de trabajo sobre el presente y el futuro de la Salud en Manizales.
Y en 1995 fui nombrado, para desdicha de algunos de mis malquerientes, Decano de mi Facultad. Ahora era jefe de algunos de los que primero como estudiante y luego como profesor, querían mi salida. Durante cerca de un año, cumplí con mis funciones y las hice cumplir por todos aquellos que estaban bajo mi responsabilidad, con resultados aceptables y sin que tuviera que subir las escalas de los entes de control internos y externos.
En mi vida de profesor de la Universidad de Caldas, he asumido diferentes responsabilidades, algunas de ellas por decir lo menos, inusuales: Decano, Director de Departamentos, Director de Servicio de Salud, Director de Salud Ocupacional, Director de la Oficina de Egresados, Director de la Oficina de Desarrollo Docente y un largo número de etcéteras. Pero tal vez mi mayor satisfacción y logro laboral, pasa por haberme integrado al grupo de docentes de Ciencias Básicas: Camilo, Tulio, el Dr. Gustavo Isaza y muchos otros, algunos llamados por la Parca, a rendir cuentas de buenas y malas acciones. Mi cambio de estrategia, del discurso humanístico al discurso biológico significó asumir nuevos paradigmas entre ellos, la agradable experiencia de ser profesor de familiares cercanos y ante todo de mi hijo Carlos Hugo. Entre hipotálamos, cerebelos, límbicos y otras yerbas, acercamos los afectos, hasta llenar todos los espacios y entrelazar presentes y futuros profesionales y personales.
Para finales de la década de los 90, irrumpió sin timideces Carajo. Un cachorro Pit Bull que desde los 29 días de nacido reclamó y defendió su espacio y poco a poco incorporó en sus costumbres rasgos familiares que lo hicieron único para los del Clan Escobar Soto.
Ahora, casi sin acento que me distancie de mi entorno, veo las cosas de mi vida transcurrir y no puedo dejar de exclamar algo como ¡Ala, que bien todo esto con los manizaleños...!
Debo ser justo en decir que muchos de mis triunfos y algunos de mis fracasos, pasan por mi relación con quien me ha acompañado y he acompañado en los últimos 36 años: Martha Inés. Una mujer íntegra, capaz, inteligente. Excelente esposa y madre amorosa, que supo llenar de ternura y amor todos los momentos personales y de familia. Mi relación con ella pasa por la relación con su familia, una diáspora que desde diferentes sitos cercanos y lejanos, conserva su arraigo y conecta sus afectos por el lejano Aranzazu natal y por el Caldas Grande de sus mayores. También he referenciado suficientemente eso de ser miembro (así sea putativo) del clan de la sotamenta.
Si debiera hacer hoy un balance, 40 años después de intentar cambiar el pan por la arepa paisa (aún no lo logro...), tendría que reconocer que Manizales me ha permitido ser. Que llegué haciendo parte de una familia de cuasidesplazados que se dejó tentar con el “Sueño Americano” y le apostó a fincar sus sueños en La Gran Manzana y que no pasó la adusta faz de un funcionario de la Embajada de USA en Bogotá. Y que por razón de la oportunidad, obtuve mucho más de lo soñado y a fuerza de trabajo, constancia y compañía de mi esposa y de mis hijos, el ejemplo del mentado Chucho Ortega, de mis padres y de mis cercanos.
La mezcla no ha sido fácil, porque pugnan en mi entorno los recargados poemas de Jorge Robledo Ortiz, el tango arrabalero, la música del agro que “coge café solita”, al lado de las chivatoures y la Feria de Manizales, con sus encantos y desencantos. Los grecoquimbayas, los Fernandos Londoños, el rancio abolengo y la ibdem alcurnia de los azucenos de ayer y de hoy.
Como un bogotano desplazado y desclasado, intenté cambiar las Polas por el Aguardiente Cristal y el Ron Viejo, intenté tomar Aguardiente de Manzanares, probé el guarapo de Riosucio e hice todos los intentos por asumir la cultura criolla: usé ruana, me puse sombrero aguadeño, tengo tres ponchos y una mulera, recolecté café y rodé por entre guaduales,.. Aún añoro unos huesos de marrano en un piquete bogotano y la inteligencia combinada de mi esposa y algunas de sus azafatas hogareñas, ha permitido rescatar especialidades de la gastronomía cundiboyacense que ni el mismo Don Jediondo puede remedar: la mazamorra chiquita, el cocido boyacense y el ajiaco, entre otros, reclaman puesto en la mesa de la Mansión Escobar Soto, al lado del clásico Plato Montañero, del sudado y de otras especialidades nativas.
Hoy, 40 años después de ese día de diciembre, fecha del arribo al Fiel Surtidor de Hidalguía, cuando se barruntan cierres de procesos (léase el paso de los años), con mucho más pasado que futuro, alzo mi copa de un grato vino tinto Merlot, abrazo a mis hijos y a mi esposa y brindo por esta tierra que me ha dado todo, como en la canción de Violeta Parra.
El futuro me verá malcriando nietos, recuperando vida de toda la que he gastado tratando de vivir y de la mano de quienes he amado y me han amado.
Gracias Manizales.