lunes 30 de noviembre de 2009

La Gran Revolución Cultural China


Texto premiado en el concurso "Mi amor por China" de Radio Internacional de China.



Mis primeros recuerdos de la legendaria China, están alrededor de los años finales de la década de los 60, en el siglo pasado. Eran mis años de entrada en la adolescencia y mis ímpetus pugnaban entre la música de moda y la política. Ganó la política y comenzaron a serme familiares los hechos sorprendentes de la Marcha de los 10.000 li, del Presidente Mao, de Lu Sin y de tantos, variados y estimulantes hechos de la política del Gran País asiático.

Sonoros nombres en la antigua nomenclatura se incorporaron a mi imaginario y el arte y la literatura chinos llenaron mis espacios físicos y mentales. Viví la época de La ópera del Rey Mono, del Destacamento Rojo de Mujeres y de tantos ejemplos y regalos de la tradición, la historia y la producción del pueblo chino, antiguo y contemporáneo.

Recibía puntualmente las Revistas: Pekín Informa, China Revista Ilustrada y China Reconstruye y muchas de las publicaciones de Guozi Shudian y obtenía la información más reciente de los hechos del país. En esos años, sin internet, sin buscadores en la red, sin comunicación por teléfonos móviles, con correos que tardaban hasta 3 meses en llegar de la lejana Beijing a la lejana Manizales, mi ciudad natal, la llegada del correo desde China auguraba nuevas y variadas publicaciones y más y más información que me acercaba al Gobierno, al Pueblo Chino y a sus dirigentes. Y en pliegos de papel de suave textura, las palabras siempre amables y respetuosas de mis interlocutores de Radio Pekín o de Guozi Shudian, me informaban sobre los contenidos de los envíos. Y siempre encontraba el regalo de quien me escribía: una preciosa artesanía en filigrana o en papel coloreado.

Era mi época de estudiante de Medicina y también del notable desarrollo de la ciencia china pude tener conocimiento por las revistas de las academias científicas: el Acta Médica China y otras publicaciones me ayudaron y orientaron en aspectos importantes de formación.

En los años 70 algunos de los productos de la industria china llegaron a mi país: recuerdo con cariño el primer radioreceptor que adquirí de marca Great Wall. Luego pude conseguir otro de marca Peony, con recepción de Onda Corta. En él pude sintonizar en el año 1978 por primera vez, a la entonces llamada Radio Pekin. Con los sonidos de hermosas melodías tradicionales y modernas de la China, cada noche sin falta escuchaba los programas que fortalecían mis afectos.

Luego pude adquirir un excelente y hermoso Radio Red Lantern de varias bandas, que aún conservo, y en él continué escuchando a Radio Pekín.

Conocí los primeros modelos de cámaras fotográficas Sea Gull y cuando alguien afortunado iba al amado país, le encomendaba traer algunas artesanías representativas del preciosismo del milenario arte chino. Y cómo envidié a algunos de mis compañeros que tuvieron la fortuna de estudiar en China…

Los años siguientes, entre los procesos de modernización y de defensa de su autonomía, seguí con vivo interés los cambios políticos y económicos y asistí admirado al fortalecimiento de la posición china ante el mundo.

Mi vida había cambiado mucho, ahora profesional y profesor universitario. Desde allí, continuaba con mi oído pegado al receptor, siguiendo las transmisiones de Radio Internacional de China.

Por CRI conocí de los eventos más importantes del Pueblo Chino, los mismos que seguí en sus variadas publicaciones en la World Wide Web: supe y seguí la entrada de Hong Kong de nuevo a la patria y he conocido de eventos de tanta importancia como el envío del primer astronauta chino al espacio.

Hoy, 40 años después de mis primeros acercamientos, mientras por las calles de mi ciudad y de mi país transitan raudos los vehículos fabricados en China, usamos muchos electrodomésticos fabricados en China y nos beneficiamos con tantos aportes que han hecho a la humanidad los chinos de todo el país, tengo que decir que al igual que en los años 60, el Pueblo Chino ha realizado una verdadera Revolución Cultural.

Y por eso y por muchas otras cosas, existe Mi Amor por China.


viernes 27 de noviembre de 2009

¿CUANTO CUESTA UNA CAMPAÑA POLITICA, CUANTO VALE LA DIGNIDAD?



AGUSTIN ANGARITA LEZAMA*


Las campañas electorales están calientes. Y al ver su discurrir surgen en muchas personas interrogantes como ¿Es imposible hacer política de manera limpia? ¿La política es sinónimo de corrupción, trampa y engaño? ¿Sólo pueden hacer política los que tienen plata y la tienen disponible para gastarla a manos llenas y así llegar al poder? ¿Es cierto que una campaña a la cámara de representantes cuesta más de 500 millones de pesos y una al senado más de mil millones?


Si las respuestas a las anteriores preguntas son afirmativas, emergen otras preguntas. ¿Para que sirve la preparación intelectual y académica si lo que importa son las chequeras? ¿Es moralmente válido que el dinero sea el que guíe a la política y no los intereses colectivos y sociales? ¿Con la plata se convence o se compra una elección? ¿Los pobres están condenados a ser siempre dirigidos o deben vender su alma al mejor postor para tener con qué dirigir y hacer política? ¿Tiene precio la dignidad?


Estoy seguro que los llamados “zorros” de la política, estarán diciendo que así es que se hace la política, que así se ha hecho y que así se hará siempre. Que no hay otra manera y que es un loco o loca de remate quien ose intentar romper este rígido esquema. Pienso que ya se han acumulado muchas experiencias que demuestran que si es posible hacer política de manera distinta.


Lo primero que hay que tener clara es la convicción que si se puede hacer política de forma limpia, sin acudir a la corrupción y a la mentira. Y digo convicción porque este es un principio inamovible. También, desde el principio, hay que tener una idea clara de lo que se quiere hacer desde el poder para servicio y beneficio de los electores. Hay que organizar un equipo humano animoso, alegre, comprometido, que entienda a cabalidad lo que se quiere. Establecer unas agendas disciplinadas donde se respete tanto el tiempo de los demás como el del candidato a candidata y trabajar con esmero.


La política es el arte de convencer, no se engañar. Sólo convence quien posee un discurso claro, coherente, aterrizado, realizable y bien presentado. Un buen político se comunica eficazmente con sus electores, establece puentes de relación firmes que se fortalecen con el tiempo. Un mensaje con contenido y bien expresado llega a todos los corazones y mueve al convencimiento. No se necesita ser histriónico, sólo ser claro y coherente. Cuando se mira fijamente a los ojos y se habla desde el alma, se establecen lazos de responsabilidad, compromiso y afecto. Se habla de dignidad a dignidad.


El que compra electores está pagando por adelantado su irresponsabilidad. Él no está dispuesto a cumplir ninguna promesa, sabe que si ya pagó por un voto, nada debe, por lo tanto no asume ninguna responsabilidad. Es simpático que esta clase de políticos (que unos los llaman politiqueros) posan de creyentes en las leyes de Dios, sin embargo se les olvida el octavo mandato que prohíbe mentir.


La corrupción es la peor cizaña que se carcome las instituciones, las relaciones sociales y la vida en comunidad. Puede parecer tonto, pero la mejor manera de combatir la corrupción es votar por personas idóneas y honestas. Pero no que digan y pregonen ser honestas, sino que lo sean. No todos los políticos son deshonestos e ineptos, pero la mayoría si.


Si todos nos comportamos como tramposos, si caemos en la ignominia e indiferencia, no tenemos derecho a quejarnos de las dificultades que nos toque sufrir, porque habremos sido cómplices y alcahuetas de los politiqueros. Esta Colombia que tanto amamos, requiere un cambio, en serio y en grande. No todo está perdido. Podemos recomponer el rumbo. En nuestras manos está la oportunidad. Depende de nosotros, de asumir que nuestra dignidad no tiene precio y que la honradez y la decencia deben ganar y gobernar.


* Médico director del Observatorio de paz y derechos humanos de la Universidad del Tolima



jueves 26 de noviembre de 2009

MAYO DEL 68, PEREIRA,


OSCAR ROBLEDO HOYOS *


Tanto te amé esa

Noche,

Que aún recuerdo los

Dardos.

Íbamos y veníamos

Entre las galaxias

Llenos de luz y de

Lanzas.

Nos herimos extasiados

Y morimos por momentos como las

Estrellas.

Nos apagamos para resucitar gloriosos

Envueltos en las túnicas de una

Nova,

Un meteorito que descendía

O un rayo vertical que nos penetraba.

Te quedaste quieta a la

Orilla del cosmos.

Como un estalactita tembloroso

Apenas rozaba tu vientre.

Éramos unos niños

Pletóricos de golosinas

Que hacíamos con la sangre nueva

Trampolines y carruseles de

Espuma,

Toboganes de encuentros y desencuentros

A toda carrera, fugaces,

Para reencontrarnos sonreídos y

Plenos

Como racimos caídos

Al otro lado de tus senos,

Morenos.

De pronto la ciudad se diluyó en el golpe iluminado de un rayo

Y la encontramos nueva y olorosa a

Leche

Levantándose somnolienta al otro día,

Medio cansada y

Renga.

Manizales, Noviembre 2009

martes 24 de noviembre de 2009

De la tierra de las papitas chorriadas y del ajiaco



Carlos Ricardo



Mi madre y yo lo plantamos

en el límite del patio...


Mi árbol y yo. Alberto Cortez







En una respetuosa parodia de Juan Rulfo, puedo decir que vine a Manizales, porque aquí vivía mi abuelo: un tal Chucho Ortega.

La tarde de diciembre en que arribé a la hidalga ciudad por la vía de El Tablazo, con mis quince años en flor miraba con toda atención a los vehículos que rebasaban el vetusto camión que llevaba nuestro trasteo, esperando identificar a las bellas nínfulas que sabía, poblaban a la ciudad presentida.


Era un cambio abrupto pasar de las caminadas por la séptima de Bogotá, de los desafíos boxísticos en el Observatorio Astronómico a las caminatas por la carrera 23, la visión contundente de la Catedral edificada por Papio y Bonarda en la época republicana y a subir y bajar las calles angostas de la ciudad de 1969.


En mi primer colegio manizaleño la experiencia no fue grata: mi acentuado acento chapineruno movía las burlas de todos mis compañeros de curso y una salida al tablero era razón suficiente para escuchar toda clase de comentarios algunos jocosos y algunos hirientes, en referencia a mi particular pronunciación de algunas palabras, empezando por el socorrido “chirriado”... Y los apellidos de mis compañeros cambiaron de sonoras evocaciones muiscas: Zocotá, Tibaquirá, Nemocón... a formales y castellanos patronímicos: Fernández, Isaza, Mejía, Jaramillo.


Abordé los años 70 en esa inmensa transición de la tierra bogotana a la tierra paisa: grandes cambios.

Mis primeros devaneos con el baile ese aún ignorado por mí, atributo indispensable para los adolescentes de hoy y siempre, se iniciaron en Bogotá y continuaron sin mucho éxito en Manizales, en el acogedor Barrio Chipre, escenario de amistades, conquistas, libros, canciones y rupturas: abrazo con la Teología de la Liberación de Golconda, con Teilhard de Chardin y posterior ruptura ante la avalancha de propuestas para Cambiar al Mundo y construir el Hombre Nuevo. Y aprendimos el poema que Bendetti escribió en la muerte del Che: Consternados Rabiosos.


Y leíamos La Madre de Máximo Gorky y Los Grandes Conflictos Históricos de Indalecio Liévano Aguirre y oíamos Radio Habana en un gangoso radio de onda corta. Y conocimos a Atahualpa Yupanqui por sus canciones y creímos que venía a Colombia cuando en un plegable del naciente Festival de Teatro Universitario de Manizales, vimos su nombre: era Atahualpa del Cippo, Director de Teatro del Uruguay. Y con él conocimos a Directores de impacto: Santiago García, Enrique Buenaventura, Carlos Duplat, Jerzy Grotowski


Como la política ya había puesto sus genes en mis 48 kg de corporalidad, escuchaba Let it be, Yesterday y otras joyas del rock de entonces, a escondidas de mis compañeros, en tanto hablaba con pasión de Serrat, de Quilapayún, de Pablus Gallinazo, de Víctor Jara, de Mercedes Sosa y de tantos otros que acompañan mi actividad política de entonces y de ahora.


Los 70 fueron plenos de movilización política y social: fui activista estudiantil de bachillerato, compañero de las huelgas de la Textilera Única, de la Beneficiencia, de Educal, de Fecode, de las Empresas Públicas de Manizales y de todos los conflictos que requirieran el discurso pronto y la consigna viva.


Y claro, también quedaba tiempo para el amor, para el teatro y para la academia, en ese estricto orden. El amor de la mano de Martha Inés, el teatro en el TIM (Teatro Instituto Manizales), el Arpón y La Brecha y la academia, estudiando medicina en mi amada Universidad de Caldas. Pero con el principal escenario de actividad en el Movimiento Estudiantil.


Y la década me trajo grandes beneficios y compromisos: matrimonio, un hijo negrito que sigue siendo de ese color y mi salida y posterior reintegro de la Universidad, por asuntos que es fácil intuir.


Mi casa se llenaba de libros, de discos de acetato, de casetes y de las obras de arte que el menguado presupuesto familiar permitía adquirir. El minimalismo lo inventamos desde esa época....


Y vino la época del Baile Disco mismo que nunca bailé, los cismas de la Cortina de Hierro, la caída del Muro de Berlín y el reordenamiento económico y político del mundo. Y nacieron mis dos nuevos retoños: Luis Felipe, más conocido como Chispis y Juan David, entre sus allegados Babis. Y Piolín, un Cocker Spaniel acompañó la niñez de los hijos Escobar Soto.


Y una nueva adquisición: el flamante título de Médico y Cirujano otorgado por la Universidad de Caldas. Y con tres hijos y una esposa manizaleña por demás, a cumplir mi año rural. Una época plena, rodeado de una agricultura que conocía: pastos, pinos, papales y páramo en el lejano y agrícola Marulanda. Hice cuanto pueda hacer un Médico rural: fui padrino de matrimonio y de bautizo someras veces sucesivas, lector del Evangelio en las misas de difuntos ilustres y de confirmación, actor en la dramatización de Semana Santa, atleta exhausto en la maratón de las Fiestas de la Virgen y además, buen partero, aceptable remendón de cueros cabelludos y otras partes, acertado en eso del diagnóstico y del pronóstico y además, viajero de cada 8 días para retomar mis responsabilidades de esposo y padre. Y quedó tiempo para que uno que otro discurso ejemplarizante a los habitantes, en las sesiones solemnes de las escuelas y del Colegio Efrén Cardona Chica.


Y el regreso, una nueva expectativa: la posibilidad de ser parte del equipo docente de mi Facultad, la misma que me había retirado como estudiante, pero que ahora me abría sus puertas. Y sí, allí llegué el 3 de marzo de 1996. Algunos de mis antiguos profesores me miraban con recelo y hasta evitaban cruzarse en mi camino. Entre ellos el temido Carlos Náder, con quien más tarde estrecharía vínculos y pareceres.


Mi incursión en la Universidad se inició por donde podría esperarse de alguien con mi formación humanista: la Salud Pública. Eran épocas de rectificación de rumbos en la Salud del país, previas a la formulación de la Ley 100 y a la Constitución de 1991. Y claro, había dinero para capacitar a quienes estuvieran en el área de influencia. Abundaron las ofertas de Cursos, de viajes y de eventos nacionales, a los cuales fui llevado por la Fundación Kellogs a través de Ascofame. Vino el viaje a Kentucky suficientemente referenciado para los de mi entorno, además de los múltiples viajes por todo el país. El Turismo Científico me permitió vislumbrar la situación de sitios tan disímiles como el flamante Club El Nogal de Bogotá y Amanavén, un olvidado pueblecito en la rivera del Río Orinoco, en límites con Venezuela.


Me convertí en un experto en eso de la Educación Médica y asistí al parto de algunas de las nuevas facultades de Medicina. Y por mi simpatía política de izquierda, , los recién amnistiados excombatientes del M19 me postularon para representar al Ministro de Salud Antonio Navarro, en la Junta de Beneficencia. En ella, con Enrique Vélez, Jairo Quintero (exDirectivo del Once Caldas) y Kevin Ángel entre otros, compartí sesiones de trabajo sobre el presente y el futuro de la Salud en Manizales.


Y en 1995 fui nombrado, para desdicha de algunos de mis malquerientes, Decano de mi Facultad. Ahora era jefe de algunos de los que primero como estudiante y luego como profesor, querían mi salida. Durante cerca de un año, cumplí con mis funciones y las hice cumplir por todos aquellos que estaban bajo mi responsabilidad, con resultados aceptables y sin que tuviera que subir las escalas de los entes de control internos y externos.


En mi vida de profesor de la Universidad de Caldas, he asumido diferentes responsabilidades, algunas de ellas por decir lo menos, inusuales: Decano, Director de Departamentos, Director de Servicio de Salud, Director de Salud Ocupacional, Director de la Oficina de Egresados, Director de la Oficina de Desarrollo Docente y un largo número de etcéteras. Pero tal vez mi mayor satisfacción y logro laboral, pasa por haberme integrado al grupo de docentes de Ciencias Básicas: Camilo, Tulio, el Dr. Gustavo Isaza y muchos otros, algunos llamados por la Parca, a rendir cuentas de buenas y malas acciones. Mi cambio de estrategia, del discurso humanístico al discurso biológico significó asumir nuevos paradigmas entre ellos, la agradable experiencia de ser profesor de familiares cercanos y ante todo de mi hijo Carlos Hugo. Entre hipotálamos, cerebelos, límbicos y otras yerbas, acercamos los afectos, hasta llenar todos los espacios y entrelazar presentes y futuros profesionales y personales.


Para finales de la década de los 90, irrumpió sin timideces Carajo. Un cachorro Pit Bull que desde los 29 días de nacido reclamó y defendió su espacio y poco a poco incorporó en sus costumbres rasgos familiares que lo hicieron único para los del Clan Escobar Soto.

Ahora, casi sin acento que me distancie de mi entorno, veo las cosas de mi vida transcurrir y no puedo dejar de exclamar algo como ¡Ala, que bien todo esto con los manizaleños...!


Debo ser justo en decir que muchos de mis triunfos y algunos de mis fracasos, pasan por mi relación con quien me ha acompañado y he acompañado en los últimos 36 años: Martha Inés. Una mujer íntegra, capaz, inteligente. Excelente esposa y madre amorosa, que supo llenar de ternura y amor todos los momentos personales y de familia. Mi relación con ella pasa por la relación con su familia, una diáspora que desde diferentes sitos cercanos y lejanos, conserva su arraigo y conecta sus afectos por el lejano Aranzazu natal y por el Caldas Grande de sus mayores. También he referenciado suficientemente eso de ser miembro (así sea putativo) del clan de la sotamenta.


Si debiera hacer hoy un balance, 40 años después de intentar cambiar el pan por la arepa paisa (aún no lo logro...), tendría que reconocer que Manizales me ha permitido ser. Que llegué haciendo parte de una familia de cuasidesplazados que se dejó tentar con el “Sueño Americano” y le apostó a fincar sus sueños en La Gran Manzana y que no pasó la adusta faz de un funcionario de la Embajada de USA en Bogotá. Y que por razón de la oportunidad, obtuve mucho más de lo soñado y a fuerza de trabajo, constancia y compañía de mi esposa y de mis hijos, el ejemplo del mentado Chucho Ortega, de mis padres y de mis cercanos.


La mezcla no ha sido fácil, porque pugnan en mi entorno los recargados poemas de Jorge Robledo Ortiz, el tango arrabalero, la música del agro que “coge café solita”, al lado de las chivatoures y la Feria de Manizales, con sus encantos y desencantos. Los grecoquimbayas, los Fernandos Londoños, el rancio abolengo y la ibdem alcurnia de los azucenos de ayer y de hoy.


Como un bogotano desplazado y desclasado, intenté cambiar las Polas por el Aguardiente Cristal y el Ron Viejo, intenté tomar Aguardiente de Manzanares, probé el guarapo de Riosucio e hice todos los intentos por asumir la cultura criolla: usé ruana, me puse sombrero aguadeño, tengo tres ponchos y una mulera, recolecté café y rodé por entre guaduales,.. Aún añoro unos huesos de marrano en un piquete bogotano y la inteligencia combinada de mi esposa y algunas de sus azafatas hogareñas, ha permitido rescatar especialidades de la gastronomía cundiboyacense que ni el mismo Don Jediondo puede remedar: la mazamorra chiquita, el cocido boyacense y el ajiaco, entre otros, reclaman puesto en la mesa de la Mansión Escobar Soto, al lado del clásico Plato Montañero, del sudado y de otras especialidades nativas.


Hoy, 40 años después de ese día de diciembre, fecha del arribo al Fiel Surtidor de Hidalguía, cuando se barruntan cierres de procesos (léase el paso de los años), con mucho más pasado que futuro, alzo mi copa de un grato vino tinto Merlot, abrazo a mis hijos y a mi esposa y brindo por esta tierra que me ha dado todo, como en la canción de Violeta Parra.


El futuro me verá malcriando nietos, recuperando vida de toda la que he gastado tratando de vivir y de la mano de quienes he amado y me han amado.


Gracias Manizales.







miércoles 18 de noviembre de 2009

El breve sueño de una República de letras.






Oscar Robledo Hoyos. *


Hoy me he levantado en estado alucinado. No he querido prender la luz de miedo de volver a la triste realidad de los “Uribitos”, el “Ingreso Seguro” y la pesadilla de las “Siete Bases” para inseguridad de todos y la alegría de uno solo. Me he venido dando golpes contra las paredes hasta llegar al computador a seguir ese dialogo quimérico con las letras al servicio del pueblo.



A la manera de los Enciclopedistas recordé su divisa antes de que se iniciara la Época del Terror; “Rendre la philosophie populaire”, es decir, hacer de la filosofía un asunto de la gente, bajarle decibeles hasta volverla divertimento de todos. Me soñé en la Universidad de Caldas, en nuestra Alma Mater, como espacio de juventudes gozosas. Existía en ese contexto un individuo que era como el nervio catalizador por su estado casi permanente de electricidad e impulso comunicativo hacia todos los estamentos. Por allí y por allá, le decían “El Mosco” y acababa de escribir un libro de cuentos que me imaginaba pequeño y breve. Estuve, por fuerza del azar, en una de esas tenidas permanentes de la cultura. Fue un acto oscilante entre el teatro y la poesía, el delirio, la fantasía y el sueño. ¿La pasábamos de maravilla!. La fiesta era en el amplio Hall de la entrada. Una especie de “foire de fous”. Unos recitaban versos y prosas literarias, otros hacían actos fragmentados de teatro breckiano con una sabana que flotaba sobre los cuerpos de los actores y solamente se visualizaban los textos a través de una inmensa blancura en movimiento, como un gusano humano que profiriera palabras. Los de mas allá andaban en un certamen de oratoria, los de éste lado se reunían alrededor de un chico de melena alborotada que leía en voz alta un texto inspirado tal era la atención de su corrillo. En fin, por todas partes la literatura inundaba claustros y pasillos.



El libro de cuentos se me apareció de improviso cuando iba hacia otro lugar atraído por el movimiento de los jóvenes. Un libro grandote a la manera de aquellos “ladrillos” de La Colección de Autores Nacionales del fallecido Instituto Colombiano de Cultura. Su carátula era dorada con grandes volúmenes simétricos y abstractos a la manera de Omar Rayo a quien había visto antes de ir a la cama en la primera pagina de los diarios capitalinos. Triángulos patas arriba y boca abajo; rojos, intensos, cortantes, hiriendo la pupila. Pude acercarme a tocarlo con la punta de los dedos. La edición no era como aquellos libritos de los primeros festivales del libro en Colombia. No. Era una edición soberbia y catedralicia, inspirada tal vez en las recopilaciones de la revista Eco, Mito o Voces o la selección de textos de la Revista de Indias o los ensayos de Ernesto Volkening o los escritos de Baldomero Sanín Cano.



El problema fue que pasaron los minutos y mi cuerpo reconoció progresivamente y a regañadientes el frío de un nuevo día a un punto de irme contrayendo como un metal. El estado de felicidad de las letras y el pensamiento pasó al reconocimiento que me iba muriendo por partes pero del frio hasta llegar a la convicción que no existían esos estados tan cercanos al goce beatifico sino en el sueño. Se fue desvaneciendo progresivamente esa República de las Letras instaurada desde la Universidad. Se fueron atemperando los ruidos y los cantos y me fui quedando en la “nuda humanidad” spinozziana de un plácido amanecer de la mano del Mosco en la visión beatifica de las letras en el mundo de Platón, en el puro reino de la ideas.



Esto para describir así sea de manera imperfecta la alegría que nos ha dejado a todos los habitantes de Lalocadelacasa, el premio obtenido de nuestro Director de Ensueños, Mario Hernán López Becerra.



Creo - a manera de colofón -, que todo este popurrí de alegría literaria estuvo coadyuvada por la infusión que leí poco antes de ir a la cama. Me llegaron unas bellas y sentidas líneas de nuestro amigo común Richard, amigo de lides y reverberaciones de Mario Hernán quienes con una docena de amigos entrañables hablan de lo humano y lo divino sin que les tiemble la mano que pusiera en riesgo siquiera una gota de los líquidos Apolíneos. Me dormí pues pensando en los cuarenta años de Carlos Ricardo en la ciudad, su llegada siendo un mozuelo, su despertar a la política universitaria y las horas frenéticas que pasamos en el Teatro Ocho de Junio y en las calles de Manizales hasta el “sitio” famoso a Doña Pilar Villegas de Hoyos (gobernadora del departamento) en sus oficinas del Parque de Bolívar. Y toda la juventud de la ciudad sentada allí, paciente, cantando, esperando “torcerle el cuello” al ejercicio de la política y la gestión de los asuntos de la Cosa Pública.


Claro, tenía que ser así. Todo se mezcló finamente; noticias, recuerdos, experiencias docentes, televisión, lecturas, sueños políticos, rabias que pensaba dormían el sueño de San Alejo. Ahora tristemente emerjo a la destemplada realidad casi yerto cuando son las seis de la mañana.


Manizales, Noviembre 18 de 2009

*. Sociólogo.

lunes 16 de noviembre de 2009

NOTAS AL PIE DEL CAPITALISMO FUNERAL



Mario Hernán López.


En los primeros párrafos del Capitalismo Funeral su autor, Vicente Verdú, advierte que no se trata de un texto complicado, escrito sólo para especialistas o académicos; pero el lector no debe llamarse a engaños, se trata de un ensayo que demanda información previa sobre diversos tópicos de la ciencia y el arte. La lectura del capitalismo funeral reclama información y puntos de vista formados alrededor de temas disímiles como la economía, el arte, la sociología, el desarrollo tecnológico, la salud pública, el análisis de conflictos, las ideologías políticas y las transformaciones de todo tipo en la globalización.


La lectura del capitalismo funeral es una confrontación cultural en el sentido propuesto por Alejo Carpentier: se vive una experiencia única al comparar lugares, momentos, sucesos y tendencias, sin saber con exactitud dónde se va a llegar. Se trata, dice Verdú, de ir descubriendo sobre la marcha, comprometiendo la intuición y los sentidos, como sucede con la poesía.


Algunas preguntas hechas al inicio del libro marcan la ruta de la lectura. Se trata de un ensayo articulado en breves capítulos con párrafos de cierre que se releen sólo por placer: ¿Es la actual crisis una crisis de regulación? ¿Se trata de una crisis sistémica? ¿Es sólo la crisis del sistema económico? ¿Se puede separar esta crisis del sistema religioso, moral, político o sexual? O, como lo han denunciado profusamente los ambientalistas ¿estamos ante una crisis epocal? O, como en ocasiones se advierte desde los púlpitos ¿estamos pagando el descarrío moral de la humanidad? A estas y otras preguntas de talante similar Verdú responde: “estamos ante una falla en la historia de la cultura”. La responsabilidad de la economía en la Gran Crisis se revela en el uso de artefactos incapaces de resolverla: “la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada”, concluye.


Hacia delante, el ensayo se conecta con libros anteriores del mismo autor en los cuales ayuda a esclarecer la naturaleza actual de la sociedad del mercado: estamos asistiendo al capitalismo de ficción que en lugar de objetos produce realidades de segundo orden; un capitalismo plagado de ofertas que recrean la emoción, la distracción, un capitalismo posmoderno productor de otra realidad. Por lo tanto participamos de una época cargada de presentismos (amor por la aventura, la compulsión a cambiar de objetos y sujetos, la necesidad de experimentar). Ahora se cuelgan los secretos en Facebook y se configura una intimidad sin cuerpo. Las nuevas sábanas son las pantallas del portátil.


Al examinar las medidas adoptadas por los gobiernos y las organizaciones internacionales para tratar la gran crisis, Verdú denuncia a las autoridades económicas que buscan incestuosamente la financiación del mismo sistema que ha demostrado su condición de moribundo. Una hipótesis central del ensayo consiste en señalar a la gran crisis actual como la tercera guerra mundial sin bajas militares, con grandes masas emocional y materialmente agonizantes.


En la explicación de la crisis, y en la posibilidad que de ella surja un nuevo orden, entran en juego las basuras y el reciclaje, el paro absoluto, la pérdida de las colectividades a la manera de las grandes masas y la creación de otras formas de interacción humana con multitudes conectadas en red en tiempo real. Todo es estertóreo, las universidades, la banca, la política, el automóvil “El capitalismo funeral no es el fracaso de un orden de desarrollo económico o social sino del desarrollo del orden conocido, lo que se hallaría en trance de aparecer no se parece a nada”; señala.


Frente al tamaño de la catástrofe planteada en el libro, ante el apaleamiento total del lector - y dada la urgencia de una pequeña luz en algún lugar de las 194 páginas del texto -, Verdú indaga en la posibilidad de superar la fallas de la cultura en los propios intersticios del Mal: a la manera de Michael Hardt y Antonio Negri genera la posibilidad de contar con una multitud interclasista, creadora de un nuevo orden, conectada en redes, apoyada en los nuevos artefactos, capaz de hacer y multiplicar un mundo desjerarquizado.


En cada párrafo del capitalismo funeral, el lector se preguntará por el calibre real del blindaje de la economía, la política y la sociedad colombiana para escapar del despelote mundial; blindaje qué, según el gobierno colombiano y los medios de comunicación ligados a los intereses económicos de los poderosos, nos salvará de una tragedia hecha sólo para los ricos.


De lo que un amigo hizo por ocio



Misael Peralta



Dolce far niente es una expresión en italiano que recoge el origen de casi todas las cosas que me gustan.

Decididamente, el ocio, el maravilloso y dulce ocio contiene la esencia de las cosas que hacemos decididamente libres, las que no nacen de la necesidad si no de la nada, del hacer nada, de la débil suerte de desespero que constituye estar completamente tranquilo.

Más allá de la velocidad, la capacidad de copiar fielmente y el no cansarse, las máquinas se diferencian realmente de los hombres por su incapacidad de no hacer nada, por no tener la habilidad de producir cuando están en off.

En eso del ocio, hay maestros. No sobraría nombrar al Bartleby de Melville, ni al bufón de cualquier comedia de esos siglos de hace tiempo. No sobraría pensar en el momento real de aparición de las ideas de los grandes científicos o en los momentos en que el pintor no pinta.

Ganar un premio de literatura, ser reconocido en un Departamento como el nuestro por sentarse a escribir buenos cuentos, merece al menos 5 o 6 párrafos.

Sí, merece elogios, a la persona, al intelectual, al culto.

Yo prefiero pensar en que existen descripciones más dignas y mejores para describir a Mario López, y una de las mejores, para mi gusto, es pensar en él como un buen ocioso, uno que deja dulcemente esas palabras que surgen de la nada, en el libro y en La Puerta.


martes 3 de noviembre de 2009

POR LOS ALREDEDORES DE IRRA, CAMINO HACIA EL CAUCA.


OSCAR ROBLEDO HOYOS *


Es bueno dejarse ir por los caminos veredales. Nos cobija entonces el berrido de terneros, el canto de azulejos, cucaracheros y toches de vivos colores que saludan la mañana desde el desequilibrio de un racimo de plátanos. Es bueno levantar la vista por momentos y dejarnos marcar el territorio por el vuelo silencioso y agorero de un grupo de gavilanes que hacen relevos a toda vuelta del sendero. Los círculos se van concentrando a la medida en que nos acercamos a su querencia de pichones y caza para compartir en el silencio de estas soledades el temor del caracol o el ratoncillo de campo cuando son percibidos por los ojos terribles y penetrantes de las rapaces. Su hábitat es un vasto espacio aledaño al rió Cauca tachonado de palmas frondosas que producen una drupa especial. De allí, que las loras monten infernal algarabía cuando nos acercamos a “estos sus pagos” de Dios y de Natura.



El camino es húmedo y pantanoso. De las cunetas emerge olor a humedad y desde los costados se huele el más leve machetazo a la maleza o la pisada del capataz que viene de vez en cuando a reparar los cercos de alambre. Las plantas resisten un doblez, un golpe o una herida y echan a proferir perfumes a tierra mancillada. Nada se diga mas allá del cerco de arriba – junto a la casa - donde el arado ha dejado hondos surcos de tierra boca arriba. ¡Qué de olores húmedos!, ¡qué revoloteo de pájaros pequeños y – siempre - el vuelo ceremonial de los señores del lugar, los gavilanes, y el lejano ruido de las loras pelando las pepas en las palmas.



Es curioso que en estas “relativas” lejanías, entre el barro, rescatemos tuercas, tornillos y arandelas que nos trasportan de inmediato a la ciudad. Por estos caminos se desangra la tecnología urbana, los sistemas mecánicos de camiones lecheros, motos, chivas y bicicletas que tienen su epicentro en las cabeceras municipales. Tecnología que viene a morir mas allá de sus extramuros en el fango de esta mañana lechosa.



Como ha llovido durante la noche, el río viene revuelto de palos y hojas frescas que se detienen un instante bajo nuestros pies. Los vemos a través de los gruesos troncos que sirven de travesaños sobre la estructura metálica. Esta parte del recorrido es particularmente encantadora. Ahí si nos desvinculamos de nuestras historias personales y los ruidos de la ciudad. El espectáculo de las torres de apartamentos y la selva de cementos multicolores huyen definitivamente de nuestras retinas para que nuestra alma flote en los remansos o se levante hacia al cielo rastreando los troncos centenarios de samanes y ceibas que se levantan hacia el cielo. Un día, en nuestro entusiasmo casi infantil, nos abrazamos a uno de ellos para beber de manera directa el elixir de la vida, con tan mala suerte que nos hemos clavado una púa metálica debajo de la tetilla, por ingenuos y románticos.



Si salimos de este “lejano oriente” al “medio oriente” que es la carretera principal, la tripitoria o pepitoria tecnológica se incrementa. Cauchos de todos los tamaños y colores, resortes, puntillas, pines, amarras, alambres en todas sus especificaciones. El automóvil que luce tan fiero e imponente en la ciudad, que luego del caballo fino y la mujer bonita (si reina de belleza, mejor) anda en su “cuarto de hora” y todo lo tiene servido a sus pies, como Gran Señor que es de la posmodernidad viene aquí a menos; se desarma poco a poco. Por decirlo de alguna manera, sale rengueando de estos barrizales. Se desarticula en sus elementos más externos y sale maltrecho de pantaneros hechos exclusivamente para botas o cotizas de campesino.



Si recogiéramos sus partes caídas gota a gota tendríamos para abrir un negocio ferretero o armar un automóvil heteróclito.


*. Sociólogo.



Manizales, Noviembre 1 de 2009.